La cantidad de Estados fallidos en el mundo está alrededor de los ciento y tantos, poco más del 50% de los países que integran las Naciones Unidas. Fríamente la cifra dice mucho: expresa la existencia de un globo terráqueo irresoluto y una situación insostenible que podría agudizarse en los próximos meses si se entroniza la galopante crisis económica y se lanzan a la conquista del espacio vital los aspirantes a dictar la geopolítica internacional.
En los organismos mundiales e instituciones internacionales, casi todos bajo el control de estas fuerzas, se hipotecan determinaciones importantes y nadie se responsabiliza de los problemas globales que afectan a la humanidad. Detrás de supuestas buenas intenciones se invocan edictos ideologizantes y políticas de dominación.
Hay quien ha entendido que el terror llegó a su fin, que no hace falta seguir siendo guerrillero ni estar del lado de la irracionalidad para conquistar el poder. Oportunistamente apuestan por el procedimiento democrático y su filosofía es lograr legitimidad electoral para no tener que atentar –como lo estuvieron haciendo durante mucho tiempo-- contra valores universalmente reconocidos que defiende la mayoría de la gente.
Otros, sin embargo, actúan diferente: mantienen en vilo a la humanidad con enfrentamientos en todos los terrenos políticos y militares mientras alimentan su ego y el de sus compromisarios políticos, que se han creído dueños absolutos de la verdad.
Este año se pondrá a prueba el equilibrio mundial y la situación podría llegar hasta la conflagración nuclear. Las condiciones están creadas para que esto suceda. En los últimos tiempos se ha alimentado irresponsablemente la línea de la confrontación y el zarpazo podría venir de cualquier bando.
Es hora de la coherencia política y este planteamiento pasa por una ineludible línea maestra: el fortalecimiento del dechado democrático y poner fin a todo lo que lastra las libertades ciudadanas.
El mundo libre está llamado a proteger a las personas del instrumento autoritario. Tiene el obligatorio compromiso de propiciar la apertura en las sociedades cerradas y crear las condiciones mínimas para los cambios democráticos.
Los partidarios de los valores universales deben estar consciente de la situación en la que se encuentra el género humano y la única manera de salir del atolladero es reconociéndose plenamente la dignidad humana.
Ante el liberticida y los integrismos ideológicos, de la variante que sea, no hay otra fórmula que la libertad.

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